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Prólogo — La niebla

Prólogo

La niebla

Anthony abrió los ojos con la certeza de haber olvidado algo importante.

La sensación llegó antes que el recuerdo. No era una confusión difusa, sino una ausencia precisa, colocada en su cabeza como una pieza retirada de una máquina que aún intentaba funcionar. Después sintió el frío. No había viento que lo transportara ni humedad que lo justificase; estaba en todas partes, limpio y constante, adherido a su piel.

Se incorporó demasiado deprisa. La superficie bajo su cuerpo sostuvo el peso con una firmeza que no acababa de parecer piedra. Cuando apoyó la palma, la textura cambió: primero lisa, después granulada, luego sólo lo bastante estable para impedir que cayera.

No había paredes. Una niebla gris ocupaba el espacio sin ocultar ningún objeto concreto. La claridad nacía dentro de ella y no proyectaba sombras. Más lejos se insinuaban formas verticales que perdían los contornos cuando Anthony intentaba examinarlas.

—¿Mamá?

Su voz no encontró eco. Buscó asientos, señales de emergencia o la línea de un pasillo. No vio nada que perteneciera a un avión. Tampoco había cielo. La niebla se cerraba por encima y por debajo, como si aquel lugar no necesitara distinguir ambas direcciones.

—¿Papá?

El silencio continuó mientras recordaba la sala VIP del aeropuerto. Su padre hablaba por teléfono junto a una cristalera y empleaba el tono con el que convertía cualquier conversación en una negociación. Su madre sostenía una revista abierta. Pasaba las páginas sin leerlas y levantaba la vista de vez en cuando, pendiente de él sin saber cómo entrar en lo que estaba haciendo.

Después llegaron la pasarela de embarque, el interior del avión y su PDA sobre las rodillas. Recordó el zumbido de los motores bajo el suelo de primera clase.

A partir de ahí no había nada. El corte era demasiado limpio. No encontraba imágenes borrosas ni impresiones sueltas. Había embarcado y luego había despertado allí, con una franja completa de su memoria eliminada.

—No intentes forzarlo.

Anthony giró. A pocos pasos, un hombre sostenía una taza entre las manos. Estaba sentado sobre algo que sólo adquirió forma de asiento cuando el muchacho lo miró. Vestía ropa gastada y botas de campo. La barba descuidada no lograba ocultar una expresión cansada.

El vapor de la taza subió unos centímetros antes de confundirse con la niebla.

—¿Quién es usted?

—Malcolm.

—Le he preguntado quién es, no cómo se llama.

El hombre inclinó un poco la cabeza.

—Es una diferencia prometedora.

Anthony se puso en pie. Las piernas cedieron lo suficiente para obligarlo a separar los pies y recuperar el equilibrio. Malcolm no se levantó para ayudarlo.

—¿Dónde estoy?

—Lejos de donde estabas.

—Eso no responde.

—Todavía no puedo darte una respuesta completa.

—Pruebe con la parte que pueda.

Malcolm lo observó por encima de la taza. No había amenaza en su postura, pero tampoco la prisa de un adulto sorprendido por la situación. Parecía llevar allí mucho tiempo, aunque el lugar no ofreciera ninguna forma de medirlo.

—Estás en la Umbra profunda.

Anthony esperó una explicación, pero Malcolm se limitó a beber.

—No sé qué significa eso.

—Lo suponía.

—Entonces explíquelo.

—Es una región alejada del mundo físico. Lo bastante alejada para que muchas reglas sean negociables y algunas preguntas resulten peligrosas.

Anthony miró el falso asiento, la superficie cambiante bajo sus pies y la niebla que no obedecía a corriente alguna.

—¿Estoy muerto?

La taza se detuvo antes de llegar a los labios de Malcolm.

—No.

Malcolm había respondido demasiado deprisa. Era una de las pocas preguntas para las que llevaba preparada una verdad completa. Anthony lo advirtió, y durante un segundo esa certeza fue peor que cualquier evasiva: aquel hombre sabía exactamente qué le había ocurrido y estaba eligiendo cuánto devolverle.

—¿Mis padres?

El hombre bajó la mirada, y Anthony sintió que el frío se concentraba alrededor del estómago.

—¿Dónde están?

Malcolm dejó la taza sobre una forma baja que se convirtió en mesa durante el gesto.

—Siéntate.

—No.

—Entonces apóyate en algo. Esto no será más fácil porque te caigas.

—Dígamelo.

La niebla se movió entre ambos. Durante un instante, una segunda silla tomó forma junto a Anthony. Él no la utilizó.

Malcolm sostuvo su mirada antes de responder.

—Murieron.

La respuesta no produjo nada inmediato. Anthony oyó la palabra, entendió la frase y siguió esperando que apareciera alguna corrección. Su padre no podía estar muerto porque había dejado una llamada sin terminar. Su madre no podía estar muerta porque la revista seguía abierta sobre sus rodillas. Aquellas imágenes pertenecían a unas horas antes y todavía parecían capaces de continuar.

Pensó que, si recordaba el título de la revista, demostraría que Malcolm mentía. Buscó la portada, el color de las letras, la fotografía que su madre no estaba mirando. No encontró nada. La ausencia se abrió un poco más.

—No.

Malcolm no discutió aquella negación.

—No sabe quiénes son.

—Sé quiénes eran.

—No estaba allí.

—No.

Anthony lo miró con rabia, agradecido por tener una dirección concreta hacia la que lanzarla.

—Entonces no puede saberlo.

—Reconstruí lo ocurrido con testimonios, informes y rastros que quedaron donde el tiempo se rompió. Puedo equivocarme en un gesto o en el orden de una frase. No me equivoco en eso.

Anthony se sentó porque las piernas dejaron de sostenerlo. La silla recibió su peso y se volvió un poco más sólida. Malcolm acercó otra taza, pero no la puso en sus manos.

—¿Qué me pasó?

—Sobreviviste.

—Eso ya lo sé.

—Sabes que estás aquí. No es lo mismo.

Anthony apretó las manos entre las rodillas antes de preguntar.

—¿Quién me sacó?

—Tres personas.

La niebla se abrió a un lado. Mostró la silueta de un hombre sentado en un avión, atento a una puerta y a una salida de emergencia. La imagen carecía de rostro, pero la postura era nítida: hombros quietos, manos libres y una vigilancia que no descansaba.

—John Miller —dijo Malcolm—. Antes de que AEGIS lo convirtiera en agente, había vivido de entrar en lugares donde nadie lo había invitado.

—¿Un ladrón?

—Uno bueno.

La figura se disolvió. En su lugar apareció un hombre de traje cuidado, inmóvil ante una copa de vino mientras el avión vibraba alrededor.

—Françoise Du Fontaine. Había sido francotirador. Le costaba confiar en la gente y aún más admitir que necesitaba hacerlo.

Anthony contó las figuras con una rapidez que no necesitaba demostrar.

—Ha dicho tres.

Malcolm recogió la taza antes de responder.

—Sí.

—Sólo ha mostrado dos.

—También.

—¿Quién era la tercera persona?

—No voy a decírtelo.

Anthony se inclinó hacia delante.

—¿Por qué?

—Porque esa respuesta no pertenece todavía a esta historia.

—Eso no significa nada.

—Significa que conozco una parte que tú no y que, por una vez, pienso respetar el orden en que debe ser contada.

—¿Me salvó o no?

Malcolm tardó más en responder.

—Sí, pero no de la forma que estás imaginando.

Anthony examinó su cara. La evasiva no parecía accidental. Malcolm quería que notara el hueco y, al mismo tiempo, se negaba a llenarlo.

—Está ocultándome cosas.

—Muchas.

—No tiene derecho.

—Probablemente no.

La admisión le quitó a Anthony parte del impulso de la réplica.

—Entonces John y Françoise me sacaron del avión.

—Con ayuda de otra persona que sí estuvo allí.

—¿La tercera?

—No.

Anthony cerró los ojos un instante antes de insistir.

—Está haciendo esto a propósito.

—Sí.

—¿Quién los ayudó?

—Ingrid Boysen, una azafata de primera clase. Sobrevivió y fue decisiva. No es la persona que te oculto.

La precisión de la aclaración hizo que la omisión resultara todavía más evidente.

—¿Y después?

Malcolm sostuvo la taza, pero ya no bebía.

—Después llegaron personas que comprendían mejor que nosotros lo que podías llegar a ser.

—¿Quiénes?

—La Tecnocracia.

—Eso tampoco significa nada.

—Lo hará.

—Explíquelo ahora.

—No.

Anthony soltó el aire por la nariz. Una parte de él quería levantarse y alejarse, aunque no hubiera ninguna dirección útil. Otra necesitaba seguir preguntando hasta que el mundo recuperara un sistema.

—¿Por qué le importo?

Malcolm miró la niebla a su derecha. Allí apareció la forma incompleta de una pared de avión y se deshizo antes de cerrarse.

—Porque ellos arriesgaron la vida para sacarte. Porque llegué tarde. Porque durante años creí que no volvería a encontrarte.

Anthony bajó la mirada.

—No me conoce.

—Eso puede corregirse.

La respuesta careció de ironía. Malcolm acercó la taza hasta dejarla al alcance de su mano.

Anthony la tomó. El calor era real, o lo bastante convincente para que sus dedos dejaran de temblar.

—No recuerdo nada después de embarcar.

—Por eso vamos a reconstruirlo.

—Usted ha dicho que puede equivocarse.

—Puedo. Cuando no sepa algo, procuraré no fingir lo contrario.

—¿Y cuando no quiera decirlo?

—Lo notarás.

Anthony bebió un sorbo. La infusión sabía a canela y hojas tostadas. No le gustó, pero el calor le hizo bien.

—¿Fue culpa mía?

Malcolm no respondió de inmediato.

—No provocaste lo que ocurrió. Eras un chico de trece años al que dos fuerzas distintas intentaron alcanzar por razones que no comprendía.

—Eso no es un no.

—No fue culpa tuya. Algunas cosas reaccionaron a ti. Esa diferencia importa.

Anthony asintió una vez, sin aceptar del todo la respuesta.

Malcolm no insistió. Había aprendido demasiado tarde que repetir una absolución podía convertirla en una orden. El muchacho tendría que llegar a ella por un camino que ninguno de los dos conocía aún.

La niebla empezó a adoptar la forma de una cabina. Primero aparecieron las luces de lectura, luego los asientos amplios y el borde de un mamparo. El rumor de los motores creció bajo ellos. No estaban entrando en un lugar real; la Umbra imitaba un recuerdo porque Malcolm y Anthony necesitaban una superficie común desde la que mirarlo.

—Puedo parar —dijo Malcolm—. Ahora o después.

Anthony observó la imagen de su madre junto a la ventanilla. Aún no tenía rostro. Su padre era una silueta inclinada sobre un teléfono.

—Si para, seguiré sin saberlo.

—Sí.

—Entonces empiece.

Malcolm se levantó. El asiento desapareció cuando dejó de necesitarlo.

—El vuelo comenzó con un error administrativo.

Anthony lo miró con incredulidad.

—¿En serio?

—Las tragedias rara vez respetan la dignidad de sus víctimas.

El avión terminó de formarse alrededor de ellos.