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Capítulo 1 — El vuelo
Capítulo 1
El vuelo
John Miller había elegido un asiento de pasillo en la cabina posterior porque le permitía levantarse sin pedir permiso y ver quién se acercaba. La compañía aérea corrigió aquella decisión en la puerta de embarque.
La empleada le entregó una tarjeta nueva y le explicó que el vuelo estaba sobrevendido. Habían trasladado su plaza a primera clase sin coste adicional.
John leyó el número de asiento. Después buscó en el reverso una condición impresa en letra pequeña.
—¿Tengo que pagar la diferencia?
—No, señor Miller.
—¿Firmar algo?
—Tampoco.
—¿Renunciar a reclamar cuando descubran el error?
La sonrisa profesional de la empleada vaciló.
—No es un error. Es una mejora de cortesía.
Una mejora de cortesía. Las compañías no regalaban espacio; lo administraban mal y después buscaban una expresión agradable para que nadie examinara demasiado el mecanismo. John conocía ese principio. También conocía el momento exacto en que la prudencia empezaba a parecerse a rechazar una oportunidad sólo porque no la había preparado él.
Guardó la tarjeta y se permitió aceptar la anomalía.
—Entonces procuraré soportarlo.
La mujer recuperó la sonrisa.
—Que tenga buen vuelo.
John cruzó la pasarela esperando que alguien lo llamara por el altavoz para devolverlo a su asiento original. Nadie lo hizo.
Primera clase ocupaba la zona delantera de la cubierta principal. El compartimento tenía una salida propia y estaba separado del resto del avión por un mamparo. Había espacio para extender las piernas sin negociar con el pasajero de delante y suficiente silencio para olvidar que cientos de personas viajaban detrás de aquella puerta.
John dejó el equipaje donde le indicaron y probó el asiento. El cuero cedió bajo su peso con una suavidad obscena. Le gustó. La constatación lo incomodó más que la posibilidad de que la mejora escondiera alguna condición.
La azafata asignada a primera llevaba Boysen en una placa metálica. Se movía sin la prisa servicial de quien espera una propina por cada gesto. Comprobó un compartimento, resolvió una discusión sobre una chaqueta y aguardó a que John se abrochara antes de ofrecerle algo de beber.
—¿Está incluido? —preguntó él.
Ella atendió a su ropa, a la tarjeta y de nuevo a su cara.
—Todo lo que le sirvamos aquí está incluido, señor Miller.
—Es una forma peligrosa de expresarlo.
Boysen no sonrió, aunque estuvo cerca.
—Empezaremos por el agua.
—Decisión prudente.
Mientras ella se alejaba, John estudió el compartimento. La salida de emergencia quedaba a pocos metros. La puerta del mamparo permanecía visible desde su asiento y los armarios de servicio tenían cierres sencillos. La escalera hacia la cubierta superior estaba más atrás, fuera de primera clase.
La distribución era cómoda, cara y deficiente. Podía salir deprisa si la puerta de emergencia seguía disponible, pero no controlaba lo que ocurría al otro lado del mamparo.
Volvió a acomodarse. No tenía intención de pasarse todo el vuelo vigilando una puerta cerrada.
Diez minutos después seguía vigilándola, aunque ahora lo hacía con un vaso de agua fría en la mano y bastante más espacio para las piernas.
Unas filas por delante, Françoise Du Fontaine recibió una copa de vino y la sostuvo contra la luz.
No buscaba defectos por costumbre. El color era limpio y el aroma prometía más de lo que entregaba. Habían servido el vino demasiado caliente; una decisión comprensible en un avión y difícil de perdonar en primera clase. Aun así, durante unos minutos podía concentrarse en algo que obedecía a reglas conocidas.
Boysen se detuvo junto a él.
—¿Hay algún problema, señor?
—Todavía no lo sé. ¿Qué han servido?
—Burdeos.
Françoise levantó la vista. Burdeos abarcaba una cantidad de respuestas que sólo podían considerarse una respuesta en un avión.
—¿Puedo ver la botella?
La azafata se la mostró sin discutir. Françoise leyó la etiqueta, comprobó la añada y se la devolvió. Ella no había elegido el vino y no merecía cargar con sus defectos.
Probó un sorbo.
—¿Y bien? —preguntó Boysen.
—Sobreviviremos.
Ella miró la copa y luego a él.
—Me tranquiliza.
—No era mi intención alarmarla.
—Ha pedido examinar la botella antes de despegar.
Françoise aceptó la acusación con una inclinación de cabeza.
—En ese caso, procuraré sufrir en silencio.
Boysen continuó por el pasillo. Françoise volvió a probar el vino. Seguía siendo mediocre, pero la conversación lo había mejorado.
Notó que el hombre del asiento posterior lo observaba. Ropa discreta, manos vacías y una atención que evitaba demorarse demasiado en ningún punto. No tenía aspecto de buscar conversación. Tampoco de necesitar una copa para justificar que estaba estudiando la cabina.
Françoise alzó la suya en un saludo mínimo.
El desconocido no respondió. Sus ojos pasaron de la copa al mamparo situado detrás de Françoise.
—¿Le preocupa el vino o yo? —preguntó Françoise.
—La puerta.
Françoise miró por encima del hombro.
—Qué alivio. Empezaba a pensar que estaba juzgando mi elección.
—No la ha elegido usted.
La respuesta le hizo observarlo con más atención. El hombre había visto la botella, la conversación con Boysen y la salida. Quizá incluso había advertido que Françoise no apoyaba por completo la espalda en el asiento.
—Entonces ya tenemos algo en común —dijo—. Ninguno consiguió el asiento que esperaba.
El desconocido bajó la vista hacia su tarjeta de embarque antes de guardarla en el bolsillo.
—El mío es mejor.
Françoise probó otro sorbo.
—El vino no.
El hombre estuvo a punto de sonreír. Después regresó a la puerta.
Dos filas por delante viajaba una familia de tres. El padre continuaba una llamada que debía haber terminado antes del despegue. Hablaba bajo, pero no lo bastante para impedir que las palabras consejo y adquisición alcanzaran los asientos cercanos.
La madre sostenía una revista y miraba más a su hijo que a las páginas. El chico tendría trece años. Trabajaba sobre una PDA modificada, con la carcasa abierta en un lateral y un conector que no pertenecía al diseño original.
—Anthony, podrías guardarla durante la comida —dijo su madre.
—Estoy terminando.
—Llevas terminando desde que despegamos.
—Porque el sistema reinicia la consulta cuando pierde el enlace.
Ella miró la pantalla sin fingir que la comprendía.
—Cinco minutos.
—Eso no es una medida útil para este problema.
El padre cubrió el micrófono.
—Haz caso a tu madre.
Anthony apretó la mandíbula y volvió a la PDA.
John reconoció el gesto. No era obediencia; era aplazamiento. Françoise, al otro lado, pareció llegar a la misma conclusión. Levantó la copa hacia John, esta vez señalando discretamente al muchacho.
John negó con la cabeza. No sabía si desaprobaba al chico, al padre o la idea de conversar mediante vino. Françoise decidió que las tres posibilidades eran aceptables.
Cinco abogados ocupaban el resto del compartimento. Habían distribuido carpetas idénticas entre los asientos y discutían con la concentración de quienes pretendían llegar al destino con una decisión ya tomada. Uno llevaba tirantes bajo la chaqueta. Otro escribía con dos bolígrafos y corregía los márgenes ajenos.
Cuando Boysen les pidió que despejaran el pasillo, obedecieron sin dejar de debatir. Colaboraban sin cariño y discrepaban sin perder eficacia. John respetaba ambas habilidades.
Durante la primera hora, el avión mantuvo su rutina. La luz era cálida; el cuero conservaba un olor limpio y el ruido de los motores permanecía estable bajo las conversaciones. John dejó de vigilar la salida durante periodos cada vez más largos. No llegó a relajarse, pero aceptó que el vuelo podía limitarse a ser incómodo.
La primera turbulencia hizo temblar las copas. Françoise sostuvo la suya por el tallo y observó cómo el vino trazaba un borde rojo sin derramarse.
—Parece que se defiende —dijo John.
—Mejor que su compañía.
La segunda sacudida desplazó una bandeja varios centímetros. La señal de cinturones se encendió. Boysen recorrió el pasillo y comprobó las hebillas. Los abogados recogieron documentos, aunque dejaron una carpeta abierta entre dos asientos.
—Señor —dijo la azafata al padre de Anthony—, necesito que termine la llamada.
Él señaló la pantalla, molesto.
—Un minuto.
—Ahora.
La firmeza le hizo obedecer.
La caída llegó antes de que Boysen alcanzara su asiento de tripulación.
El fuselaje descendió con una violencia que levantó los cuerpos contra los cinturones. Una copa golpeó el techo. Los documentos de los abogados llenaron el pasillo. Boysen se sujetó a un respaldo, cayó de rodillas y consiguió enganchar el brazo a una bandeja antes de golpearse contra el mamparo.
John perdió el aire. Durante un instante no existieron salidas ni distancias, sólo el cinturón clavándosele en el vientre y la certeza animal de que el suelo había desaparecido.
El avión recuperó altura con un tirón. Algo crujió sobre su cabeza.
John comprobó su cuerpo por partes porque necesitaba que volviera a pertenecerle: hombros, costillas, rodillas. Nada roto. Las manos tardaron más en dejar de temblar. Las cerró sobre los reposabrazos antes de que nadie pudiera verlo.
Boysen se levantó apoyándose en los asientos.
—Permanezcan sentados.
La voz conservaba el tono de servicio, pero había perdido toda suavidad.
Françoise había sujetado la copa hasta el final. La dejó sobre la bandeja y contempló el vino derramado sobre su mano. Había sido un gesto estúpido. También había sido lo único que había podido controlar durante la caída.
—¿Está herida? —preguntó a Boysen.
—No.
Ella tocó el interfono. El aparato emitió un chasquido débil, sin voz al otro lado.
John miró la puerta cerrada.
La ausencia del capitán empezó a pesar más que la sacudida. Un anuncio rutinario habría bastado para devolver estructura a la escena, incluso una mentira sobre una bolsa de aire. No llegó nada.
Boysen probó otro canal y después el teléfono de servicio.
—La tripulación posterior puede estar ocupada —dijo cuando Françoise preguntó.
—¿Y los pilotos?
—Estoy comprobándolo.
No era una evasiva completa. Tampoco era verdad suficiente.
John intentó desabrocharse. La hebilla no se abrió. Tiró otra vez y probó la del asiento contiguo. Mismo bloqueo.
El cierre era un problema pequeño, mecánico, agradecidamente comprensible. Se aferró a él hasta que escuchó cómo los demás pasajeros comprobaban los suyos.
—¿Es parte del procedimiento? —preguntó uno de los abogados.
Boysen abrió el panel de servicio e intentó liberar los cierres.
—No.
La palabra acalló varias preguntas.
Anthony ya había retirado una cubierta bajo la consola de su asiento.
—El sistema cree que seguimos en una caída.
—No sabes lo que cree el sistema —dijo su padre.
—La señal está fija y los cierres no reciben el comando local. O la lectura está congelada o alguien la está sobrescribiendo.
Boysen se acercó.
—No toque los paneles.
—Puedo abrirlos.
—Necesita permanecer sentado.
—Y usted necesita que los cinturones se abran.
Ella evaluó al niño, el conector y su propio panel.
John intervino.
—Déjelo intentarlo.
—¿Es técnico? —preguntó Boysen.
—No lo sé.
—Entonces su opinión tiene poco valor.
—Ha visto un fallo antes que nosotros.
Françoise se inclinó cuanto le permitía el cinturón.
—Y, por desgracia, parece muy seguro de sí mismo.
Anthony lo miró.
—No es seguridad. Sé lo que estoy haciendo.
—Una distinción tranquilizadora.
La madre ocultó una sonrisa que el padre no compartió. Durante un segundo, la cabina volvió a contener personas y no sólo pasajeros atrapados.
Boysen levantó una mano.
—Un intento. Si el panel se calienta o la señal cambia, desconecta.
—No voy a desconectar a mitad de escritura.
—Entonces no hay intento.
Anthony apretó los labios.
—De acuerdo.
Conectó la PDA. Durante varios segundos sólo se oyeron los motores y el roce de los papeles sobre la moqueta.
—Hay una orden repetida —dijo—. No viene del panel de cabina.
—¿De dónde? —preguntó Boysen.
—No lo sé. Está en varios sistemas a la vez.
La luz parpadeó. Las pantallas de entretenimiento regresaron con una imagen blanca. Anthony modificó una línea y pulsó una tecla.
Las hebillas se abrieron a la vez. El sonido metálico recorrió la cabina como una pequeña liberación, seguido por respiraciones que nadie había sabido que contenía.
Boysen impidió que se levantaran.
—Sólo hemos liberado los cierres. La señal sigue activa.
Anthony desconectó la PDA.
—Ha funcionado.
—Sí. No convierta eso en permiso permanente.
El chico casi sonrió.
John se puso en pie y se acercó al mamparo. Boysen se interpuso.
—No puede pasar.
—Alguien tiene que comprobar qué ocurre.
—Yo soy la tripulación.
—Y acaba de caerse antes de llegar a su asiento.
La expresión de Boysen se endureció.
—Eso no me incapacita.
—No he dicho que lo haga.
Françoise se liberó del cinturón y se levantó. Había limpiado el vino de la mano; la manga seguía impecable.
—Voy con ustedes.
John lo examinó.
—¿Por qué?
—Porque usted mira las puertas como un ladrón y la señorita Boysen necesita a alguien que entienda una orden cuando la oye.
—¿Y usted la entiende?
—Cuando es razonable.
Boysen abrió un armario y sacó dos linternas, un extintor pequeño y paños húmedos.
—No necesito que compitan. Necesito que hagan exactamente lo que les diga hasta que sepamos si queda tripulación consciente al otro lado.
John probó el peso del extintor.
—Nombre.
El francés tardó un instante en comprender que la pregunta iba dirigida a él.
—Françoise Du Fontaine.
—John Miller.
No se estrecharon la mano.
Boysen retiró el carro que bloqueaba el acceso y acercó la llave. El mecanismo respondió tarde, con un clic débil.
Apoyó la palma en la puerta.
—La presión parece estable. Si hay humo, cierran. Si hay fuego, retroceden. Si encuentran a alguien herido, comprueban primero el pasillo.
—¿Y si encontramos algo que no figura en el manual? —preguntó Françoise.
—Lo describen antes de ponerle nombre.
John sostuvo el extintor contra el costado. Un problema sin nombre ya le parecía una concesión excesiva.
Boysen abrió y la humedad les cubrió la cara.
Era tibia y olía a vegetación encerrada, con un dulzor pasado que se quedó en la lengua de John. No había humo. Tampoco fuego. Durante los primeros segundos, aquello fue lo único que consiguió entender.
Las luces principales de la cabina posterior se habían apagado. Las tiras de emergencia dibujaban el pasillo a ras del suelo, pero la línea desaparecía bajo una materia negra y verdosa que cubría los asientos. Había trepado por las paredes y cerrado parte de las salidas de ventilación.
John movió la linterna hacia la primera fila y volvió a iluminarla. La segunda mirada no corrigió la primera. La masa tenía espesor, fibras y pliegues húmedos que se contraían con la vibración del avión.
Aquella era su cabina, aunque no reconoció su asiento. Eso habría sido más sencillo: un número concreto, una fila, el lugar exacto donde debería encontrarse. En cambio, todo el compartimento podía haber sido suyo. Cualquiera de aquellos volúmenes podía estar ocupando el error administrativo que lo había salvado.
Debería estar ahí dentro.
El pensamiento no produjo gratitud. Le dejó una presión fría bajo las costillas.
—Eso no estaba ahí —dijo Boysen.
La última palabra perdió volumen. Había revisado aquella cabina antes del despegue y buscaba alguna prueba de que su memoria continuaba siendo fiable.
—¿Cuándo pasó por aquí? —preguntó John.
—Hace menos de una hora.
Françoise acercó la luz al borde de un respaldo.
—Podría ser espuma de extinción.
Lo dijo con una precisión excesiva. Necesitaba que la frase fuera cierta antes de terminarla.
—No hay ningún sistema que produzca esto —respondió Boysen.
Uno de los pliegues se contrajo. Françoise retiró la mano y la linterna golpeó el marco.
—Cierre la puerta.
Desde más atrás llegó un golpe débil. Los tres buscaron su origen y encontraron una mano humana entre la masa. Los dedos se cerraron despacio sobre un reposabrazos.
Boysen avanzó por reflejo. John la agarró del antebrazo.
—Cierre.
—Puede haber supervivientes.
—Hay algo en el aire.
Las motas flotaban en la luz. Algunas ya habían cruzado a primera clase. Boysen miró la mano. Las uñas rascaron una vez el reposabrazos y aquel sonido consiguió lo que no había logrado la orden de John.
Retrocedió. Françoise cerró con tanta rapidez que el pestillo rebotó antes de encajar.
El golpe hizo volver varias cabezas. John soltó a Boysen y encontró la marca de sus dedos en la manga del uniforme.
—¿Qué hay ahí? —preguntó uno de los abogados.
Ninguno supo responder.
Boysen fue la primera en encontrar palabras.
—Hay algún tipo de crecimiento en la cabina posterior. Puede estar en suspensión. Necesito agua y toallas. Nadie se acerca al mamparo.
Las órdenes pusieron a los pasajeros en movimiento. Dos llevaron agua; los abogados apartaron documentos y equipaje. Boysen selló la base con toallas húmedas. Cuando terminó, permaneció arrodillada, con las manos sobre los muslos.
—La mano se movía —dijo Françoise.
—La he visto.
—Estaba viva —dijo John.
Boysen levantó la cabeza.
—No lo sabemos.
—Se ha agarrado al asiento.
—Eso no nos dice qué le estaba ocurriendo.
Discutían sobre una palabra porque ninguno quería formular la pregunta siguiente: si había personas vivas, ¿iban a dejarlas allí?
Boysen bajó la voz.
—La escalera a la cubierta superior está al otro extremo. Desde allí se accede a la cabina de mando. No puedo abandonar a estos pasajeros mientras no encuentre a otra tripulante consciente.
Françoise entendió la petición y retrocedió medio paso.
—Nos está pidiendo que atravesemos eso.
—No puedo ordenárselo.
—Qué consideración.
La ironía no ocultó el miedo. Françoise miró el mamparo como si esperara que la materia apareciera por las juntas.
John examinó la salida de emergencia. La lectura de presión impedía utilizarla. Podían esperar a que los pilotos recuperaran las comunicaciones. También podían seguir perdiendo altura sin saber quién controlaba el avión.
Lo sensato era quedarse. Sintió alivio al pensarlo y se avergonzó antes de terminar la idea. Había una familia a pocos metros. Había heridos. Al otro lado, alguien había movido una mano.
—Si entramos y no podemos volver, no abra —dijo.
Boysen sujetó la llave entre dos dedos.
—Tres golpes y sus nombres. Si no pueden identificarse, mantendré aislada la cabina.
Françoise soltó el aire.
—Una propuesta razonable. Empiezo a echar de menos el vino.
John lo miró.
—Ha dicho que era malo.
—Era mediocre. La muerte mejora mucho las comparaciones.
La réplica dejó un silencio breve. No eliminó el miedo, pero les permitió respirar dentro de él.
Boysen abrió lo justo para que cruzaran.
John entró primero con el extintor por delante. Françoise lo siguió, y el mamparo se cerró a su espalda con un golpe que sonó más definitivo desde aquel lado.
Permanecieron junto a la puerta. Bastaban tres golpes para regresar. John apoyó una mano sobre el metal y contó las filas hasta la escalera. El pasillo era recto, aunque la materia había estrechado el espacio y ocultaba parte del suelo.
—Podemos volver —dijo Françoise.
La voz había perdido su cortesía. John estuvo a punto de golpear la puerta.
Desde la cabina llegó un gemido. No tenía fuerza suficiente para formar una palabra, pero era humano.
John apartó la mano. Aquel sonido podía significar dolor, ayuda o ninguna de las dos cosas. No importaba. Ya no podría fingir que detrás de los bultos no quedaba nadie.
—Hasta la escalera —dijo—. Si se cierra el paso, regresamos.
Françoise tardó en contestar.
—Y después volvemos por ellos.
John buscó una manera honesta de aceptar aquella promesa. No la encontró.
—Encontraremos cómo.
Avanzaron. Cada respiración a través del paño dejaba una humedad amarga en la garganta. John intentó contar las filas para mantener el pensamiento dentro de una tarea: una, dos, tres.
En la segunda encontró un zapato bajo la capa oscura. Cuero marrón, cordones bien atados y una marca en la puntera. El detalle ordinario le hizo perder la cuenta.
El propietario habría embarcado, colocado el equipaje y quizá protestado por el poco espacio. Podría haber observado pasar a John camino de primera clase. Podría haber ocupado el asiento que la compañía le había quitado.
John levantó la luz. Había más zapatos. Una manga. El brillo de un reloj bajo los filamentos.
La masa no había convertido a aquellas personas en simples formas. Bajo ella seguían siendo pasajeros, aunque el moho estuviera borrándolos poco a poco.
Una joven tenía la cabeza inclinada hacia la ventanilla. Los filamentos le sujetaban el cabello contra el cristal. Cuando Françoise iluminó su rostro, ella abrió los ojos.
El francés retrocedió hasta chocar con John.
—Dios.
El pecho de la joven se elevó bajo la masa. Sus labios se movieron.
—Está viva.
Françoise se inclinó. Quería retirar las fibras de su boca; John lo vio en la posición de los dedos.
—Espere.
—No puede respirar.
—No sabemos qué ocurrirá si lo aparta.
—Sí sabemos qué ocurrirá si no hacemos nada.
La joven volvió a mover los labios. Françoise acercó la cabeza y John lo sujetó por el hombro.
—Si cae aquí, tampoco podrá ayudarla.
Françoise cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, dejó caer la mano.
—Entonces regresemos. Busquemos máscaras, herramientas, cualquier cosa.
John miró hacia el mamparo. Podían volver y conservar la ilusión de que encontrarían una forma mejor. La escalera quedaba al otro extremo y los pilotos seguían sin responder.
No había una decisión correcta. Sólo personas distintas a las que abandonar.
—Tenemos que llegar a la cabina de mando.
Françoise permaneció junto a la joven.
—Lo sé.
Le habló a ella, no a John.
—Volveremos.
Continuaron más despacio. John cuidó de no pisar las manos que aparecían bajo el tejido. Había entrado para comprobar una ruta y ahora cada paso se parecía a una huida, aunque avanzaran hacia el peligro.
A mitad del trayecto, un hombre levantó la cabeza.
Tenía un ojo libre. La masa le cubría parte de la boca y descendía por el cuello, pero aquel ojo siguió la linterna con una atención consciente.
John se detuvo.
—Señor, ¿puede oírme?
El hombre extendió la mano. El gesto fue torpe y lento. John dejó el extintor contra un asiento y se acercó lo suficiente para ofrecerle el antebrazo.
Necesitaba que aquello significara ayuda. Necesitaba sacar al menos a uno para justificar a todos los que estaban dejando atrás.
Los dedos se cerraron sobre su muñeca.
Al principio John sostuvo el tirón, convencido de que el hombre intentaba levantarse. Después la presa aumentó hasta hundirle las uñas en la piel. El pasajero salió del asiento sin soltarlo; el cinturón cedió y parte del crecimiento se desgarró con un sonido húmedo.
John gritó. No una advertencia ni una orden, sino un sonido breve que no reconoció como propio.
Françoise agarró al pasajero por el brazo.
—Suéltelo. ¿Me oye? Tiene que soltarlo.
El hombre volvió el ojo hacia él. Por un instante pareció comprender.
La mano se cerró aún más.
Françoise golpeó la muñeca con la linterna. Una vez. Después otra. Al tercer impacto, los dedos cedieron y John cayó contra la fila opuesta.
El pasajero se golpeó la cara contra un respaldo. La sangre apareció en el labio que el moho no había cubierto.
Françoise se quedó inmóvil con la linterna levantada.
—Yo…
Un cinturón se abrió dos filas más atrás. Después cedió otro.
Los pasajeros empezaron a incorporarse. Algunos caían entre los asientos y trataban de levantarse sin utilizar las manos. Otros se orientaban hacia las luces. Seguían respirando. Seguían sangrando. John no encontró nada en sus movimientos que le permitiera dejar de considerarlos personas.
Una mujer agarró la chaqueta de Françoise. Él intentó abrirle los dedos sin golpearla.
—Madame, suélteme.
Ella tiró hasta hacerlo caer de rodillas. Françoise podría haberle roto la muñeca; John reconoció el ángulo y también el instante en que decidió no hacerlo.
El hombre del ojo descubierto volvió a levantarse detrás de ellos.
John recuperó el extintor y lo interpuso. El pasajero avanzó contra el cilindro sin protegerse. John empujó con más fuerza y oyó su cabeza golpear el compartimento superior.
El cuerpo se desplomó.
Lo he matado.
El pensamiento lo dejó inmóvil durante un segundo. El pecho del hombre volvió a elevarse y el alivio fue tan inmediato como vergonzoso: seguía vivo para continuar atacándolos.
—John.
Era la primera vez que Françoise utilizaba su nombre.
La mujer seguía sujetándolo. Otro pasajero se aproximaba por el lado contrario. John agarró la manga de Françoise y tiró hasta liberarlo; la tela se rasgó y varias uñas le abrieron la piel por debajo del puño.
—La escalera.
El regreso ya estaba cerrado. Tres cuerpos ocupaban el pasillo hacia el mamparo. La misión había dejado de consistir en alcanzar la cabina. Ahora ellos necesitaban ayuda y no había nadie capaz de llegar hasta allí.
Corrieron mientras el pasillo se estrechaba con manos que surgían desde ambos lados. Françoise perdió una linterna cuando un pasajero le sujetó el brazo. John apartó otro cuerpo con el hombro y recibió un arañazo en el antebrazo.
El dolor fue pequeño. Casi tranquilizador. Una herida normal dentro de una cabina que ya no contenía nada normal.
El extintor chocó contra un asiento y se le escapó. John volvió a buscarlo. No podía abandonar la única herramienta que tenían; no podía permitirse otro error.
Françoise lo empujó hacia delante.
—Déjelo.
—Lo necesitamos.
—Yo lo necesito a usted moviéndose.
John obedeció tarde. El hombre del ojo descubierto volvió a alcanzarlo y lo agarró por la chaqueta. Françoise se interpuso. Golpeó una vez, pero la linterna resbaló en su mano herida.
John vio que el pasajero cerraba los dedos sobre el cuello del francés.
Ya no tuvo cuidado. Embistió con el hombro y los tres chocaron contra los asientos. Françoise consiguió soltarse, pero quedó inclinado, tosiendo y con una mano en la garganta.
—¿Puede andar?
—En circunstancias normales, incluso con elegancia.
La respuesta era absurda y necesaria. John lo levantó por debajo del brazo.
—Hoy tendrá que conformarse con deprisa.
La escalera estaba a menos de tres metros. Llegaron juntos. John sujetó la barandilla y empujó a Françoise hacia el primer peldaño; después subió de espaldas, esperando que aquellas manos los siguieran.
Los pasajeros llegaron hasta el pie de la escalera. Algunos levantaron los brazos. Ninguno apoyó el pie en el primer peldaño.
John continuó subiendo. Uno, dos, tres escalones. Los cuerpos permanecieron abajo.
Ganó otros cuatro antes de creer que habían dejado de perseguirlos.
Françoise se dejó caer contra la pared. Respiraba con la boca abierta y había perdido el paño que le cubría la nariz. La manga del traje colgaba desde el codo. John seguía sujetándolo; al soltarlo descubrió que le temblaba la mano.
Durante unos segundos sólo escucharon sus respiraciones y el roce de los cuerpos bajo la escalera. Ninguno subió.
Habían llegado.
John apoyó la frente en la barandilla. El metal estaba frío y seco, y sintió una gratitud desproporcionada por ambas cosas.
—Ha dicho que volveríamos —dijo Françoise cuando consiguió recuperar el aire.
—Lo sé.
—No parece tener un plan.
—Esperaba que el experto en vinos aportara algo.
Françoise cerró los ojos. Esta vez sí sonrió, aunque la expresión duró poco.
—Mi especialidad tiene límites muy decepcionantes.
John dejó escapar una risa que terminó en tos. Le dolió el pecho, pero durante aquel instante volvió a encontrarse dentro de su propio cuerpo.
—Volveremos —dijo.
Françoise abrió los ojos.
—Sí.
No discutió la falta de un método. La promesa pertenecía ya a los dos.
Françoise intentó arreglarse la manga y encontró el arañazo. La piel alrededor se había oscurecido. Ramificaciones finas avanzaban bajo la epidermis.
La sonrisa desapareció antes de que pronunciara su nombre.
—John.
No necesitó explicar más. John se remangó y encontró el mismo dibujo extendiéndose desde su antebrazo.
El miedo cambió de dirección. Ya no estaba sólo debajo de ellos.
John contempló las figuras detenidas al pie de la escalera. Una de aquellas personas había tenido primero una herida. Quizá había sentido poco dolor. Quizá también había llegado a algún lugar y había pensado que estaba a salvo.
¿Cuánto tiempo tardaría en dejar de decidir qué hacían sus manos?
—Si empiezo a comportarme como ellos… —dijo.
—Le golpearé con algo caro.
John miró la manga destrozada.
—Cada vez le queda menos.
—Entonces procure conservar la razón hasta que encuentre mi equipaje.
La broma no ocultó lo que ambos estaban pensando, pero les permitió mirarse sin apartar los ojos. Seguían reconociéndose. Seguían eligiendo sus palabras y podían compartir el miedo sin entregárselo al otro como una orden.
Por encima de ellos descendía una luz blanca. Podía haber una tripulante, una salida o una forma de alcanzar la cabina de mando. Por primera vez desde que habían cruzado el mamparo, no necesitaban descubrirlo en aquel mismo segundo.
Abajo, los pasajeros continuaban detenidos.
John no sabía qué crecía bajo su piel ni cómo cumplirían la promesa, pero habían atravesado la cabina sin dejarse atrás.
Por el momento, aquella pequeña victoria bastaba.